miércoles, 10 de julio de 2013

Desiderata


Aún cuando no hubo calor, ya vi como por tus pálidos ojos corren lastimosamente los sentimientos de locura y transgresión. Al verme, la gravedad que nos acoge se empacha con tu avispal cuerpo y, frágil, te precipitás al destino autoimpuesto del desaforismo carnal. No hay reglas, no hay retenes; no hay nada que no queramos. Yo te quiero a vos, vos me querés a mi; nos amamos y odiamos, nos buscamos y eludimos, nos deseamos y olvidamos. Nos necesitamos, simbióticamente, como el escritor al lector, y nos relacionamos en un mar de fondo de sentimentalismo y erotismo destituyente de cánones y paradigmas. Te disfruto; me regocijo de emoción en mi vanidosa costumbre de preeminencia y te despido con goce platónico en una simulada ceremonia de promesas incumplibles, fidelidad estoica y presencia incólume.
Poco habrán corrido las agujas cuando nos reencontremos, acudiendo a tu sonrisa que me seduce; no fui acuñado para engañarte por más que así lo busque. Me desintegro en mi cruzada desiderativa por reconquistarte y pedirte, enajenado, clemencia.
Te veo, te siento, te escucho y te presiento. Me disculpo con lágrimas subcutáneas que a mi boca llegan; pero es nefasto mi esfuerzo, pues vos no me oís, no te incumben mis palabras. Sólo te interesa una cosa, y es el placer andante que te sella la mirada. Mi corazón en la garganta que se acelera y busca salir, intenta escapar, conectarse con el mundo exterior y saborear con regocijo tu dulzura y frescura, tu sabor único y exorbitante como sólo una buena cerveza puede brindar.

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