Fue sólo un choque; los trajes se confundieron por un instante, la tonalidad granate del saco se fundía con el rojo pulóver. Varias carpetas y libros rompieron la paz albiceleste del mosaico del suelo, tajando la rutina. La vida salto la grieta y el día escaló con naturalidad para Fernando Klieger y Germán Gutiérrez.
Despertó dos minutos antes de lo pactado con el despertador; tanteando su búsqueda, llegó a la cocina, donde se dispusieron varias tostadas para hacerle compañía al café. Siete y cuarenta decía el reloj, y estaba llegando tarde. Omitió formalidades y salió apurado dando un portazo.
-¡Paf!
Otra taza menos en la residencia Gutiérrez, y el dueño de casa comenzaba a impacientarse, mientras limpiaba el café del suelo; otra vez llegaría tarde a trabajar. Agilizó los trámites en el baño y salió por la puerta grande, donde lo despediría su familia: su perro Smoochy.
-¡Guau!
Era su primer día de trabajo, y Fernando atravesó la veterinaria; y sin pensar que llegaría tarde, se detuvo a mirar los cachorros. Recordó su infancia, cuando todavía poseía a su querido labrador; demostró la fineza de la línea que separa alegría de tristeza y reemprendió su viaje, absorto en sus tristes pensamientos. Llegando al trabajo, aun pensando en su mascota, fue abruptamente llevado a la realidad con el comunicado del párroco: las 8 en punto sonaban las campanas.
-¡Tan Tan!
El tambor sonaba con fuerza, cada vez mas cerca. Se escuchaba desde un callejón. Era seguir hasta el trabajo, a donde llegaría tarde indefectiblemente, o parar y ver que era. Optó por la primera, la sola idea del callejón húmedo, oscuro y serpenteante, sumado a ruido de tambores, le revolvió el estomago. Llegando al trabajo, recibió una llamada inesperada.
-¡Ring!
El timbre de la oficina sonó con vehemencia, humillando al joven novato. La secretaria abrió la puerta; los nervios del muchacho no le permitieron ver lo linda que era. Pasó a la sala y esperó, con sus pulsaciones por las nubes. A los 15 minutos aproximadamente, el aspirante sudaba por manos y espalda. Otro tanto pasó hasta que la secretaria, con obediencia debida, lo acompañara a la oficina del jefe. Cada paso era una acelerada al corazón; y por ley, luego de toda tensión le sigue una relajación. Pero la relajación no llegaba y, si no fuera por las costillas, el corazón ya hubiera saltado del pecho. Sintió un rugido, la paranoia lo invadió, tardó en olvidarse ese ruido. Volvió en si solo para recordar donde estaba, y su corazón volvió a latir con violencia.
-¡Toc Toc!
El Sr. Gutiérrez golpeó la puerta, pero ya sabía que sucedía detrás de ésta. La llamada le había notificado que ya no trabajaría más ahí, dos llegadas tarde en un mes era algo imperdonable. Recibió la carta de despido y se retiraba, pero frenó su marcha y saltó hacia la puerta. Hacía casi tres años que trabajaba ahí, y en su último día decidió hacer eco de sus sentimientos. Rompió el hielo con Carla, la secretaria, que en ese momento sostenía la puerta atónita. La respuesta fue negativa y Germán salió triste, encaminado hacia su casa, con un llanto en la garganta. Le molestaba, le ardía, le quemaba; había que dejarlo salir.
-¡Ahhhh!
Solo el eco respondió; el callejón estaba vacío. El grito de alegría no se había hecho esperar, y solo habían pasado unos instantes desde que recibió la nota de contratación. Junto con el grito, cayó la noche, y se dirigió a su casa. A mitad de camino, el suelo lo encontró desarmado. Su mente estaba asentada en el reino de la felicidad, y no pudo ver al señor que lo golpeó. Cayó, e hizo ruido.
-¡Pum!
Parecía un trueno, pero no estaba lloviendo; un choque, no había señales; una explosión, casi imposible. Culpó a su imaginación y buscó el camino más rápido a casa. Frustrado y traumando, pero no menos paranoico, encabezó a su domicilio, buscándole una explicación a un pésimo día. Absorto en acantilados y peldaños rotos, no pudo esquivar a un joven de rojo, y el mundo se aplanó como por arte de magia. Pidió disculpas, y volvió de un salto a sus tinieblas.
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