Cerró la revista con una sonrisa en la cara; pero una mirada ajena, la misma que tenía cuando la abrió. Ambas eran sonrisas ansiosas, Conan el Bárbaro era cada vez más atrapante y el final de la temporada estaba por llegar -una semana exacta faltaba para que arribara al magazin-.
Con el encuadernado plastificado aún en las manos, levantó la vista y sus ojos se encontraron con la mirada triste y melancólica de un niño adolescente totalmente ajeno. La quijada era larga y puntiaguda, sobre su labio superior se llegaba a percibir lo que alguna vez sería un bigote y la cabellera dejaba escapar la melena a ambos lados de la nuca. Hacía mucho que no se miraba al espejo y por primera vez notó los cambios de la adolescencia; los miró largo rato, notando también como cambiaban los rasgos faciales con sus pensamientos. Añoranza, envidia, tristeza; todo le sobrevino luego de terminar de leer el cómic.
Nada en su imagen se parecía a aquella instantánea que le había tomado su tío -excelente fotógrafo aficionado a la contaduría, como solía decir él- un verano atrás mientras disfrutaba de la pileta que sus abuelos poseían en el patio de su casa, resabio de otras épocas y con las cicatrices de las diversiones de su padre y su tío.
Largó a llorar, aunque se detuvo al descubrir la caprichosidad de su llanto. Con la vista borrosa, recordó a papá y recapacitó. Siendo un adolescente no debía llorar, "...cuando aprendas a no llorar, serás un hombre". Se secó las lagrimas con el codo -en realidad solo logró dispersarlas por cara y antebrazo- para mirarse denuevo al espejo. Los ojos llorosos le devolvían infancia a su expresión, pero quería sonreír, como en aquella foto estival. Pensó en lo último que le había dado una sonrisa, para lo cual solo tuvo que bajar la cabeza; el abdomen plano -tanto por voluntad de los dibujantes como por el hecho de que aplicarle volumen a las baratas ediciones era un despropósito- de Conan albergaba ahora tres de las gotas que habían escapado de su lagrimal. ¿Ácaso era esa su felicidad? ¿Las andanzas de Conan, influían en su vida? ¿Esa sonrisa que portaba a la par de su revista, era por él o por el valiente bárbaro?
En un instante de cólera, la revista golpeó la ventana decorada con stickers de Batman y Robin, y con la misma violencia se sacudió la puerta al salir de la habitación, suerte que tampoco fue ajena a la puerta de calle. Con lo puesto, caminó en el sentido opuesto a la circulación de la calle Bahía Blanca. No había cambiado mucho desde la última vez, pero con sus oídos le pareció oir el click de su mente. Mirada decidida, andar seguro y con la frente en alto recorrió las cuatro cuadras que distaban del destino. Golpeó la puerta de madera recientemente pintada. Aguardo sin impaciencia. El portal se abrió con la monotonía del chillar de las viejas bisagras, y con voz grave -aunque natural- invitó a Florencia a salir.
Siendo imposible disimular la sopresa, ella accedió sin dudarlo. Hacía tiempo que esperaba que el jóven Conan que adoraba la invitara a salir.
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