Mordió la carnada, no había escapatoria. Jugar a la mosca, horas y horas, apostando lo que me prestaban, devolviéndolo al final, perdiendo; ganando al fin y al cabo. Era otra historia ya. La pequeña celda estaba lejos. Un pasillo de distancia, y no hay guardias. Algo raro, tal vez, pero no para ese día. Me había encargado de preparar mi escapatoria desde mucho tiempo; años, meses y semanas. No obstante caía una sensación extraña en mí.
La primera puerta superada, y recordé la suave brisa del pasillo central, ahí donde todos los dias almorzaba. Privado de un libertad injusta, no era el castigo mi problema, sino la libertad. Amaba la injusta libertad.
La brisa era fría, un poco excesivamente fría para esas fechas. Seguí avanzando, con cuidado, cauteloso de no fallar en el plan. Me temblaban las manos, pero no estaba nervioso; se me apagaba la voz y me costaba respirar; eché una ojeada amplia, solo vi la ventana abierta. De ahí venía el frío. Atiné a seguir mi viaje, siempre con el objetivo claro en la mirada. Atravesé la entrada al ala oeste, nadie; luego venía el ala suroeste, nadie; al llegar al ala sur, solo me aguardaba el calor de una chimenea encendida. Mi objetivo estaba cada vez más cerca.
Algo se movió a mi retaguardia, miré con desdén y velocidad; era la ventana otra vez. El viento era algo poco común y no lograba acostumbrarme. Al mirar atrás vi las entradas a las alas norte y noreste, nunca los había visto desde este ángulo, salvo el dia de la revuelta. La revuelta más inútil e infructuosa vista en todas las cárceles del planeta, del sistema solar, tal vez.
Con un fino movimiento del pie derecho, reanudé la marcha, para ingresar a la última nave, el ala sureste, apodada "la de la peste". Se decía que ahí se había incubado una peste, a causa de una intromisión marciana. Algo absurdo, un mito urbano, o tal vez, no tan urbano.
Ingresé al "pabellón de la peste" y me dirigí a la celda 8, toda el ala se encontraba abandonada, por lo que no me sorprendió que estuvieran cerradas las puertas. Me aproximé, asustado y ansioso a la vez, cauteloso de no destruir abruptamente el plan.
Salía una extraña luz de la mirilla de la puerta que ostentaba un gran ocho en el centro; era una luz blanca, incandescente. Así la manija, estaba fría, pero mi mano no quería soltarla, abrí la puerta con un movimiento veloz de muñeca y ahí estaba; el tesoro.
La luz provenía de la ventana, lógico. La caja de llaves estaba ahí, a la libertad de quien quiera agarrarlo, de quien quiera ser libre. Algo andaba mal. La tomé con cuidado y me la llevé bajo el brazo. Nervioso y casi paranoico intenté recuperar la sensatez; sin éxito, por el momento. La puerta de entrada -salida por esta vez- estaba a unos 50 metros, normalmente abarrotados de guardias. Cuarenta y cinco metros más tarde me llevé la sorpresa.
Me agaché, cabeza al piso, para meditar. No era tristeza, ni resignación; tampoco felicidad. De reojo vi un papel, era el envoltorio de un caramelo ácido, lo reconocí de inmediato, era uno de los que les había estado dando a los guardias; los mataba en un lapso de 1 hora. El último lo había gastado ese mismo dia al alba. Intenté recuperar la sensatez una vez más, algo había ocurrido fuera de lo estipulado. Esa sensatez que nunca había tenido. Desde antes de ingresar a mi celda; desde antes de salir de ella. Increíble que el efecto mortífero de los caramelos se hubiera propagado sobre toda la población de Venus. Eso era lo que me aterraba, la injusta libertad.
La primera puerta superada, y recordé la suave brisa del pasillo central, ahí donde todos los dias almorzaba. Privado de un libertad injusta, no era el castigo mi problema, sino la libertad. Amaba la injusta libertad.
La brisa era fría, un poco excesivamente fría para esas fechas. Seguí avanzando, con cuidado, cauteloso de no fallar en el plan. Me temblaban las manos, pero no estaba nervioso; se me apagaba la voz y me costaba respirar; eché una ojeada amplia, solo vi la ventana abierta. De ahí venía el frío. Atiné a seguir mi viaje, siempre con el objetivo claro en la mirada. Atravesé la entrada al ala oeste, nadie; luego venía el ala suroeste, nadie; al llegar al ala sur, solo me aguardaba el calor de una chimenea encendida. Mi objetivo estaba cada vez más cerca.
Algo se movió a mi retaguardia, miré con desdén y velocidad; era la ventana otra vez. El viento era algo poco común y no lograba acostumbrarme. Al mirar atrás vi las entradas a las alas norte y noreste, nunca los había visto desde este ángulo, salvo el dia de la revuelta. La revuelta más inútil e infructuosa vista en todas las cárceles del planeta, del sistema solar, tal vez.
Con un fino movimiento del pie derecho, reanudé la marcha, para ingresar a la última nave, el ala sureste, apodada "la de la peste". Se decía que ahí se había incubado una peste, a causa de una intromisión marciana. Algo absurdo, un mito urbano, o tal vez, no tan urbano.
Ingresé al "pabellón de la peste" y me dirigí a la celda 8, toda el ala se encontraba abandonada, por lo que no me sorprendió que estuvieran cerradas las puertas. Me aproximé, asustado y ansioso a la vez, cauteloso de no destruir abruptamente el plan.
Salía una extraña luz de la mirilla de la puerta que ostentaba un gran ocho en el centro; era una luz blanca, incandescente. Así la manija, estaba fría, pero mi mano no quería soltarla, abrí la puerta con un movimiento veloz de muñeca y ahí estaba; el tesoro.
La luz provenía de la ventana, lógico. La caja de llaves estaba ahí, a la libertad de quien quiera agarrarlo, de quien quiera ser libre. Algo andaba mal. La tomé con cuidado y me la llevé bajo el brazo. Nervioso y casi paranoico intenté recuperar la sensatez; sin éxito, por el momento. La puerta de entrada -salida por esta vez- estaba a unos 50 metros, normalmente abarrotados de guardias. Cuarenta y cinco metros más tarde me llevé la sorpresa.
Me agaché, cabeza al piso, para meditar. No era tristeza, ni resignación; tampoco felicidad. De reojo vi un papel, era el envoltorio de un caramelo ácido, lo reconocí de inmediato, era uno de los que les había estado dando a los guardias; los mataba en un lapso de 1 hora. El último lo había gastado ese mismo dia al alba. Intenté recuperar la sensatez una vez más, algo había ocurrido fuera de lo estipulado. Esa sensatez que nunca había tenido. Desde antes de ingresar a mi celda; desde antes de salir de ella. Increíble que el efecto mortífero de los caramelos se hubiera propagado sobre toda la población de Venus. Eso era lo que me aterraba, la injusta libertad.
No hay comentarios :
Publicar un comentario