Comenzó una mañana como cualquier otra; me levanté pausado, corriendo las sábanas a mi paso. Me coloqué las pantuflas y tanteé la bata en la oscuridad. Busqué la manga izquierda y me la coloqué hasta el codo. Con mi mano derecha realizaba círculos en mi espalda con la esperanza de encontrar la otra manga. Luego de una pequeña lucha la bata se amoldó a mi cuerpo y comencé a andar mi camino hacia la cocina, un piso por debajo.
Primero el pie derecho, y llegué al descanso de la escalera con el mismo pie, permitiéndome comenzar el segundo tramo con la habilidad de un diestro. Antes de llegar a la cocina hice una parada en el toilette, donde me miré al espejo por primera vez. Me percaté de mi sonrisa y caí en la cuenta de haber estado risueño desde que me levanté. No comprendía por qué, así que mientras tostaba unas rebanadas de pan y les untaba mermelada estuve tratando de recordar: ¿qué era lo que quería recordar? Un sueño, tal vez. Seguramente era un sueño, pero ¿qué fue lo que soñé?
El silbato de la pava al hervir el agua me hizo saltar de tema, pero retomé los pensamientos mientras esperaba que se preparase el té. Comencé a seguir con la mirada las volutas que formaban parte del dibujo de los azulejos, de una forma u otra me ayudaba a concentrarme. Sin prestarle atención, la taza de té no se separaba de mi mano entre sorbo y sorbo. Hasta que la solté; aún quedaba té en la taza pero yo ya había encontrado la razón de mi sonrisa, que me generó una carcajada agresiva.
Seguía riéndome mientras corría hacia mi habitación, y tampoco dejé de reírme mientras me vestía apresuradamente. Tenía la necesidad de contarle a mis amigos, vecinos y el mundo eso que había descubierto. Era un chiste, una historia, un colmo casi; era la razón de mi interminable risa.
Las carcajadas fueron notadas apenas salí de mi hogar, y los vecinos comenzaron a indagarme con la mirada. Primero a Luis, luego a Marta, les fui contando la graciosa historia, entre risas y sonrisas, de un desdichado sujeto.
Me detuvo en mis pensamientos la presencia de los azulejos floreados de mi cocina; luego de un emocionante día lleno de risas propias, me sorprendió que nadie se riera de mi chiste, a pesar de habérselo contado a toda persona con la que me crucé. Incluso, a algunos les causaba tristeza. Abatido por la desaprobación de la gente me paré frente al espejo del toilette; mi expresión me delató, y en ese momento comprendí el problema.
Lloré y lloré toda la noche, y al día siguiente también. No era un llanto, era una pesadumbre. Ese día, la gente rió y sonrió a instancias mías, es que la historia que había estado contando trataba de las desdichas de un hombre poco querido, trataba sobre mí.
No hay comentarios :
Publicar un comentario