Florencia, te vi, y no lo podía creer. Con esa cabellera al viento, rubia y brillante, que se acompasaba con tu esbelto cuello. Tus labios, tu boca; la sonrisa perfecta. Con un pequeño sonrojo casi imperceptible tus cachetes eran la orquesta de tu sonrisa y se unian a tu expresión de ocio y felicidad. Ahí, entre tus amigas, pero ajena a ellas, distinta; distante. Toda esa belleza opacada por dos deslumbrantes iris celestes, que coronaban tus pupilas profundas, penetrantes y potentes. Esas pupilas que me miraban, y tú, inmóvil, inmaculada, inmarcesible. Sonriente, alegre, risueña; mirándome.
No sabía que hacer, estaba muy nervioso. Recobré la endereza y tomé coraje; me acerqué lentamente. Vos seguías mirándome, quieta; como queriendo hacer que ese instante, que esa felicidad con la que sonreías, durara para siempre. Recorrí mi vista una vez más, me humedecí los labios y tragué saliva. No hablé, no pude; pero mi gesto fue comprendido y consecuentemente respondido. "Haz envíado una solicitud de amistad"
No sabía que hacer, estaba muy nervioso. Recobré la endereza y tomé coraje; me acerqué lentamente. Vos seguías mirándome, quieta; como queriendo hacer que ese instante, que esa felicidad con la que sonreías, durara para siempre. Recorrí mi vista una vez más, me humedecí los labios y tragué saliva. No hablé, no pude; pero mi gesto fue comprendido y consecuentemente respondido. "Haz envíado una solicitud de amistad"
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