El hacha en su mano y su mirada fija en mí fueron devastadores. A medida que se me acercaba, a paso ágil, entendía lo indefenso que me encontraba. Mis inmóviles extremidades, presas del miedo, no me ayudarían para nada; estaba clavado al piso. Los fornidos músculos se flexaron a la par de levantar la pesada arma, híbrida de filo y contundencia, por encima de su cabeza, alistado para asestar el golpe final. El atacante, al compás de un grito visceral y viril, blandió el hacha y golpeó mi costado con una violencia increíble. El sol reconfortante, los animales a mi alrededor, el verde de la pradera; escenas y memorias se cruzaron ante mi mente como un rayo descargando todo su arsenal. Ya no disfrutaría las caricias de una brisa de otoño, rozando mi piel gruesa y marcada por los años; no habría más lluvias refrescantes sobre mi estacional cabellera; y mis pies no se hundirían más en la densa y coposa nieve. Habiendo visto guerras, muertes y destrucción, descubría ahora en carne propia el salvajismo de la civilización, la barbarie del progreso.
El primer impacto no fue suficiente; ataviado con su uniforme asesino, el portador del hacha seguía asestando golpes sobre mi sangrante y dolorido costado. No iba a detenerse hasta verme yacer inmóvil sobre el húmedo suelo, y ese sería mi fin. Un final altruista, morir para el beneficio de otros. Muchos de mis compañeros fallecieron de igual forma, a manos de aquel para quien servimos toda nuestra vida, olvidados y abandonados, son ellos los que creen determinar cuando nuestra vida se vuelve inútil. Se creen sabios, y no lo son; se creen fuertes, pero no han resistido como yo lo he hecho; se creen eternos, mas no saben que sentencian su propio final, pues yo los he visto caer, víctimas de sus propios vicios, y los he ayudado a levantarse miles de veces. Conozco sus secretos, pues me los han contado; sé de sus amoríos, los cuales llevo tatuados en mi piel; estoy al tanto de sus sueños, que han soñado a mi lado. Hoy soy una víctima más, pero mañana ellos mismos serán sus propios verdugos.
Serían los últimos recuerdos de una vida que para muchos sería una eternidad, pero para mi una simple juventud. Sentí la caída, abrupta pero esperada, casi calculada; el golpe de mi chorreante tronco contra el suelo se oyó a centenares de metros, aun cuando sólo mi atacante estaba ahí para oírlo. Conmigo se iba el último árbol del bosque, y ya se oían los pájaros alejándose para nunca más volver.
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