domingo, 11 de diciembre de 2016

Silencio

No me puedo mover. Sentí mi pecho abrirse como una explosión, mis pulmones inflarse con una bocanada insaciable e infinita; los impulsos nerviosos avanzando a través de mis nervios a medida que la sinapsis se expandía por mi cuerpo. Cada bombeo del corazón me devolvía la vida y los sentidos. El tacto y el frío primero, abrazándome todo el cuerpo desnudo; luego la audición, silencio tajante salvo por mi forzada respiración. El aire ingresaba violentamente por mi boca, quemando a cada inspiración mi áspera y seca garganta. Mis ojos percibieron un brillo intenso que atravesaba los párpados sellados y me quemaba. Tras unos instantes, los pude abrir; siento hinchazón y dolor en mis ojos, presiento que se quieren escapar de sus cavidades. Parpadeé con vehemencia tratando de visualizar mis alrededores. Todo se ve como en un túnel, las perspectivas ondean y se distorsionan a medida que busco enfocar.
No sé quiénes son. Imágenes difusas de recuerdos irrumpen en mi mente. Risas y alegrías se contagian como una epidemia, gritos de felicidad y un clima notablemente ameno se sienten tan ajenos como reales. Me pierdo en sus rasgos; totalmente irreconocibles. Veo expresiones que recuerdo, pero no así sus caras. Personas ajenas e ignotas me felicitan y me abrazan con su emoción. Los vasos que sostienen en sus manos me dan la idea que están alcoholizados, y mis recuerdos difusos y mareados dan la pauta de que yo también lo estaba. Una hermosa chica, que no parecía mayor de edad, no dejaba de hablarme. Compartimos un trago. Hablamos de una universidad. Mia o suya? De un amigo en común, o eso creo; no estoy seguro de que fuese un amigo realmente. No recuerdo de qué me hablaba, y no estoy seguro de que realmente le estuviese prestando atención. Calor, mucho calor; ese era un recuerdo inequívoco, pero podía ser a causa de mi excitación, ella me miraba y yo, embelesado, perdía el foco por completo, me perdía en sus ojos café. ¿O azules? No logro recordar el nombre del bar, ni siquiera una ubicación aproximada. No sé si realmente importa; el esfuerzo por recordar duele, mi cabeza duele, como si la estuviera usando por primera vez en años. Nos besamos, recuerdo la sensación en el estómago. Yo, estaba besando a la chica más hermosa del lugar. No recuerdo nada más.
No reconozco este lugar. Una habitación de lo que parece un motel de muy baja monta, un colchón sucio, que huele a orines, sin sábanas, asentado sobre una cama de metal cuyos resortes no paran de hacer ruido. Con cada uno de mis movimientos se escucha un crujido que parece venir directamente de mis propias articulaciones. Mi cabeza percibe cada uno como si me acuchillaran las sienes. Una bombilla amarilla, vieja, luchaba con todas sus fuerzas por alumbrar la lúgubre habitación. Las paredes mal empapeladas con arabescos psicodélicos desparejos. Un único cuadro, torcido, de un velero, con las velas al pairo, en el medio de un mar calmo, sin costas a la vista. Una cómoda de madera barata, con tres cajones. Una silla descuajada que no soportaría el peso de una camisa. Una ventana enrejada y sucia, de manera tal, que no puedo ver nada del otro lado. No hay puertas.
No sé dónde estoy. Me desespero. Intento levantarme, apenas tengo control de mi cuerpo. Siento como si estuviese manejando maquinaria pesada y nueva. No reconozco los controles. Los brazos no responden y apenas puedo sentir los músculos tensarse en vano. Los impulsos nerviosos parecen rendirse ante la adversidad y abandonar su camino hacia mis extremidades, las cuales no siento propias. Cada latir de mi corazón retumba en las paredes de mi pecho rígido, cada respiración de mis pulmones arrastra consigo el inmenso peso de la gravedad, cada pensamiento de mi cerebro parece perderse entre los surcos y enredarse en razonamientos circulares. Cierro los ojos y miro; a mi interior, mi mente, mi alma, mi ser. El silencio abrumador a mi alrededor me permite concentrarme en mi mente, pero no entiendo nada; mi cerebro parece no estar funcionando. Veo una luz en la oscuridad de mis párpados y los abro con urgencia, pero todo en la habitación sigue igual. No sé si las cosas están ocurriendo realmente o si sólo están en mi cabeza, un sueño lúcido, una pesadilla, o ambas. Necesito romper esta ilusión para poder comprender, el tiempo parece detenido y el silencio incesante. Con una dificultad inusitada logré juntar fuerzas y hablar; "¿Estoy sólo? ¿Hay alguien aquí?" Sólo el silencio, inagotable e infinito, me responde y enloquece. El vacío presiona sobre mis tímpanos y explota en mi cabeza en un zumbido siniestro.
No me reconozco. De repente, un pensamiento ahoga mi cerebro y lo inunda. Yo, ¿soy realmente yo? ¿Cómo es posible que no recuerde absolutamente nada de mi pasado?, ningún lugar se me viene a la mente, ninguna cara, ninguna calle o casa, ningún nombre. Ni siquiera el mio. Me siento mareado, perdido; no sé cómo me llamo, no sé qué edad tengo, no sé cómo soy, ni sé cómo me veo. No sé de qué color son mis ojos. Un escalofrío recorre mi espina y comienzo a temblar de manera refleja. Mi corazón se desboca. En un ataque de desesperación, llevo mis manos a la cabeza para arrancarme un mechón de cabello y así, por lo menos, estar seguro de algo. Una sola cosa, un solo dato verídico y comprobable; algo a lo que aferrarme para no perder la cordura. Siento mis dedos presionar sobre mi desnudo cuero cabelludo. Estoy rapado, recientemente y al ras, se siente el nacimiento del pelo. Se me llenan los ojos de lágrimas, no puedo respirar. El mareo se hace cada vez más grave a medida que se me cierra la garganta. La jaqueca me retumba con cada latido y los tímpanos sienten el zumbido incesante del silencio absoluto. Como un crescendo musical que va ganando intensidad, los tambores marcan mi ritmo cardíaco hasta explotar en un grito desahogado involuntario.
No puedo soportarlo más. El eco de mi alarido es lo único que se oye. Con la columna erguida, veo mi cuerpo sobre la cama. La perspectiva es diferente, la habitación sigue dando vueltas. Una pequeña sombra se movió en el rabillo de mi ojo. Giré la cabeza con agresividad y vi la realidad de lo que tenía frente a mí. Mirándome directo a los ojos, con un visaje desencajado y aterrorizado, se encontraba un hombre totalmente consumido por su locura. No conozco a ese hombre, pero puedo percibir su desesperación, sus latidos acompasados con los míos y su ira creciente. Veo en sus ojos la inconfundible expresión colérica de un asesino, mi vida es su objetivo, cómo una máquina diseñada para matar. Con sus ojos clavados en mí, su cara se va transformando con cada parpadeo, la mirada enceguecida con instinto animal. Y aun así seguimos quietos, clavados al suelo. Ninguno se atreve a dar el primer paso, agazapados detrás de nuestra indecisión, nos medimos mutuamente. Siento que pasaron horas desde que nuestras miradas se encontraron y, finalmente, decido que no voy a ser yo quien perezca. No voy a morir en esta habitación. Comienzo la carrera para arremeter contra él, y, para mi terror, hizo lo mismo. A medida que me acercaba, ganando velocidad, calculo el momento del impacto. Sin dejar de mirarnos a los ojos, embisto lo que parece un vidrio, que se rompe en mil pedazos y caigo hacia atrás en un remolino de cristales, sangre y confusión. Pierdo la conciencia.

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