Obviamente bajar era más fácil que subir. Pero había algo en la idea de bajar que me perturbaba. Definitivamente habría más luz arriba, la cercanía de las estrellas podía ser la causa. El aire sería más puro, incluso; o tal vez menos impuro. Sin embargo, nada compensaba el gasto energético; bajar era más fácil.
Arriba, de seguro, el ruido sería menor, tal vez inaudible. Y, probablemente, habría un clima más templado. Pero solo era cuestión de dejarse caer; bajar era más fácil.
Arriba sería más tranquilo, lugar de sueños apacibles y continuos. Quizás también habría brisas frescas y apacibles. Pero era tentador mirar abajo; bajar era más fácil.
Se dice que arriba, hay aguas cálidas y puras. También animales sanos, sin enfermedades, sin guerras, sin muerte. Pero no valía la pena el esfuerzo. No había garantía. Miré a mi izquierda, a mi derecha; miré abajo y miré arriba también. Esa garantía que algunos llamaban fe me impulsó dentro del convento; iba a tomar los hábitos.
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