viernes, 5 de diciembre de 2008

Engranajes

No iba a esconderme. No era ésta mi familia; por alguna extraña razón yo me sentía ajeno. Tal vez era adoptado; ser séptimo hijo varón, verdugo de la realidad. Quizás era solo un sentimiento de marginalidad, de separación. No se si ambas.
Una familia numerosa, pero yo no era un más, no era, no formaba parte. Quería gritar, pero no lo haría. Miedo a la soledad, pero yo ya estaba solo.
Corrían los mundos a mi alrededor, pero yo seguía inmóvil, sin poder encajar en ninguno, sin poder pertenecer. Pero fue un día, cuando conocí a mis hermanos, varios hermanos, nuevos hermanos. No eran muchos, pero significaban mucho para mi. Por fin lograba acoplarme al fino engranaje del tiempo. Estos hermanos eran diferentes, eran verdaderos. Pronto llegaron otros, y mi nueva familia creció, cada éramos más.
Hermanos, que no tardé en reconocer como tales, vestíamos igual, escuchábamos la misma música, nos gustaban cosas parecidas y odiábamos las mismas cosas; y, todos juntos, portábamos los estandartes revolucionarios de la hoz y el martillo.

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