sábado, 7 de febrero de 2009

Entre Cervezas Y Teclados


Camino a la ventana, la miro. No tengo intenciones de abrirla, pero presiento que me quedo con las ganas. Veo la nieve caer, veo un pájaro cantar en el borde del alféizar, veo el pestillo de la ventana.
Logro esquivar una lágrima díscola que me escapa la mejilla, pero la cerveza sigue ahí. El color ámbar de la botella apenas deja ver la espuma del fondo. Dicen que es horrible, por las dudas, nunca la probé.
La ventana sigue ahí, el alféizar no se ha movido; todo esta gris, incluso el pequeño pájaro inmóvil que mantiene un ritmo de canto sorprendente.
Escalón tras escalón voy llegando a la heladera, cuidadosamente la abro, no quiero hacer ruido. Los dedos se resbalan, la palma se enfría y el dolor se apacigua al mirar lo que estoy a punto de saborear.
No llevo la cuenta, hace tiempo dejé. La computadora me persigue; es mi salvación, un rayo de luz en el sombrío aburrimiento. Aprieto Enter, me cuesta, no puedo más, éste teclado me está matando; elijo la h, veo la f. Pierdo el control. Siento las neuronas resignarse, una tras otra, dejarse morir en lágrimas; lágrimas como cataratas, de felicidad que me abandona. Esa felicidad que trajo la ría de cerveza consigo.
Ahí está la ventana, el alféizar; más oscuros, ya es muy tarde. Está el pajarito, inmóvil, la sinfonía ha acabado ya. Dos pájaros; chicos, grandes. Inmóviles. El alféizar que apenas se ve. La ventana que contrasta. Borrosos, empiezo a bostezar.
Un último intento, concentrarme, eso solo. La mesa carga botellas de cerveza, no puedo contarlas. Miro a la ventana, hay un cartel, un último esfuerzo más; no lo logro leer. Debo concentrarme. Me acerco para leerlo mejor, pero a mitad de camino caigo al suelo. "No debo emborracharme nunca más"; ahora recuerdo el cartel, se ve mejor con la luz solar matutina.

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