miércoles, 26 de noviembre de 2008

La Caída Del Sol

Caía el sol con naturalidad, pero ésta vez se veía más lejano; las olas golpeaban las rocas y salpicaban mi cara, las gotas traían consigo el agrio sabor de la aventura. Había soñado desde pequeño con llegar al sol: de chiquito miraba libros ilustrados sobre el espacio; con los años empecé a leer a Isaac Asimov, algo de Julio Verne y a Larry Niven. Llegó la adolescencia y aparecieron cajas que propagaban rayos de tubos catódicos; la televisión trajo a mi mundo Star Trek y Battlestar Gallactica, por nombrar solo dos.
No era un Ícaro más, era un Konstantin Tsiolkovsky, el pionero de la astronáutica; pero un siglo más tarde.
Era obvio que llegar a la luna no iba a ser fácil. Contundente y forzosamente cayó sobre mí esa idea al crecer, cuando comprendí que el espacio era territorio de guerra en tiempos de mi adolescencia.
En 1982, mientras el mundo hablaba de una guerra allá lejos en Sudamérica, la NASA y su contraparte ruso, la Roskosmos, no dejaban de mandar tropas al espacio, disfrazados de buzos. Se creía en algún lado del espacio había una centuria plantando banderas en cada estrella se viese desde Rusia.
Yo, en la ignorancia de no saber que la guerra verdadera estaba en unas ondas de radio, disfrutaba cada instante de intriga, cada segundo de esperanza, cada hora de imaginarme con uno de esos disfraces que llaman escafandra.
Solía ver el sol al atardecer, era más grande y más rojizo, más cercano, más vulnerable. Disfrutaba cada tarde en el campo de un amigo, era mucho mejor que mi piso 4 en la selva de cemento de Dallas. Pasábamos largas horas mirando los tilos que marcaban el límite del campo, esperando que los anaranjados rayos llegaran a éstos. El espectáculo duraba cerca de media hora, una hora cuando el sol reflejaba la bóveda celeste, y la felicidad me duraba cerca de una semana, dos semanas con viento a favor.
Pero aquel día, la levedad estaba en mí; miré al cielo, era de día aún. Venus en el horizonte, y media luna aún más cerca del cenit. Veía la bóveda celeste, alejándose; las estrellas y otros cuerpos celestes pasaban a mi lado, desaparecían en las esquinas de mi mente, luego de dejarse ver por el rabillo del ojo. Sentía que el suelo había desaparecido y que caía sin fin, hasta podía sentir el calor en mi espalda. Veía constelaciones que desaparecían, yo estaba en las constelaciones. Sentí una explosión detrás de mí; no quise mirar. Me sentía mas liviano, no caía ya; y el calor había desaparecido. Mi mente pereció en pensamientos nostálgicos; recordé ese sabor agrio de las gotas luego de golpear las rocas; esas gotas que irrumpían en la historia, en la costumbre; que llegaban más lejos que el resto, que se destacaban. Esas mismas gotas que caían en tierra firme para desaparecer; gastar su última pizca de energía para decir adiós, y nunca más volver.
Estaba suspendido en el aire y lo único que me mantenía en mi posición original era el cinturón de seguridad del Trasbordador Espacial Columbia, y como una gota de agua, yo estaba rompiendo las rocas de la atmósfera.

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