Golpearon la puerta de la cabaña, y atiné a preguntar quién era; con un grito y sin moverme alcanzó. La respuesta, casi instantánea, llegó vestida de azul.
Serenamente apoyé la taza de té sobre la mesa; mientras esto sucedía, mi mente empezó a trabajar. Con un sonido casi estruendoso, la taza se apoyó sobre la mesa. Unos segundos más tarde, la mano aún seguía en la taza; y la misma temblaba cada vez con más frecuencia.
Miré el reloj, solo lo miré, eran las 11 y 25, pero eso no valía nada para mí en ese momento. Solté la taza; exhalé e inhalé con tranquilidad. Debía haber otra solución. Miré por la ventana: el bosque; mas lejos, las montañas, que reflejaban el movimiento armónico del mar, a mi espalda; el sol. El sol de diciembre, el mismo que iluminaba algunas tablas del parquet, me miraba con seriedad, me acosaba, me amenazaba, o simplemente me recordaba mi destino, ya inevitable.
Otro sonido estruendoso desarmó el silencio de la sala. Quise mirar al mar, sabía que ese mar tenía sus ojos en mi nuca, sentía su aliento que me erizaba los pelos de mi cuello. Pensé una vez más, tenía que haber otra salida; una pizca más de esperanza. Pensé en dios, miré el sol; pensé en mandinga, sentí la brisa marina. Hoy era mi día; era el día de abandonar todo lo que alguna vez había soñado. La policía irrumpió en la habitación. La cárcel del pueblo quedaba a 2 horas de caminata.
domingo, 16 de noviembre de 2008
Caminata de Verano
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1 comentario :
No lei un carajo de lo que escribiste asi que comento por comentar pk soy poronga (?)
Ararat monte ararat _E !!
jajaja
Saludos y segui asi
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