martes, 25 de noviembre de 2008

Pequeño Detalle

Pequeño detalle, sin duda; no era la primera vez que cometía ese error, y no era yo sólo el único que se daba cuenta. Comprendía que algo andaba mal, pero eso no me ayudaba en lo absoluto, y más aún, comprendía que lo que andaba mal era mío; reconocerlo era un avance, pero no más que eso. Tal vez eran los nervios, pero hacía mucho que lo intentaba; quizás era un problema metódico, pero la teoría era correcta. Pensaba y pensaba, pero sin éxito. Era un obstáculo que debía superar, había una meta que debía alcanzar y mucha gente estaba pendiente de mí. Tal vez era mucho más que eso: una corazonada, un designio divino o simplemente un espíritu aventurero fuera de lo común. Nunca perdí las esperanzas, pero cada día era una pizca más difícil determinar la causa de mis fallos. Cada día era una práctica nueva; no era sólo intentar e intentar, mi método consistía en practicar, analizar y volver a intentar. Nunca pensé que quizás mi problema era la incapacidad de razonar; no lo pienso ahora tampoco. Quizás era la temperatura, la densidad del aire, la composición del material, la presión atmosférica o alguna otra explicación físico-química fuera de mi alcance intelectual. Pensé en pedir ayuda. Miré a mi izquierda, y no había nadie; a mi diestra, totalmente vacío; arriba, Cristo. No soy católico, tenía que buscar otra manera. Pensé en la salida rápida, renunciar, pero algo me obligaba a seguir intentado. No era la aventura, no era eso; no era la esperanza, ya no tenía; tal vez nunca lo sabré. Retomé la reflexión; tal vez se estaba poniendo en manifiesto una incapacidad psicomotriz o alguna deficiencia genética. Desesperación no era lo único que se apoderaba de mí a medida que pasaba el tiempo, que ahondaba en la investigación y los resultados no los encontraba; cada día desesperaba más y más. Era imposible solucionar un problema desconocido. No tenía ni idea qué era lo que estaba haciendo mal, pero todavía hoy no puedo hacer arrancar un auto.

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