viernes, 21 de noviembre de 2008

Ojos En La Nuca

Se movía lentamente a través de la jungla; con la cabeza pegada al suelo y dando pasos cortos, suaves, pero firmes.
Miraba su objetivo con desdén, lo examinaba de arriba abajo y, a cada paso, el instinto asesino aumentaba los latidos.
La intención se dejaba ver finamente: matar al cazador, cazar y no ser cazado; vencer, conquistar.
Preparó sus armas y se alistaba para arañar, rasguñar, punzar, clavar; asestar el golpe final. Todo debía ocurrir en menos de un segundo, un pestañeo era mucho tiempo.
Se acercaron lo suficiente, y el agudo oído del acechador comenzó a sentir el aliento de la presa. Analizaba cada exhalación con agudeza, cada alteración, cada rareza. Era cuestión de encontrar el momento exacto. Un sutil movimiento muscular y la presa estaba herida, muerta.
Pero el aliento no cesó; no comprendía que era su aliento, sus propios nervios, sus propios miedos; miedo de saber que no era el único cazador y que, por más balas que tuviera, no le iban a alcanzar a un joven francotirador soviético para escapar de esa jungla de escombros y chatarra, ruinas de la alguna vez esplendorosa Varsovia, en Octubre de 1941.

No hay comentarios :