domingo, 23 de noviembre de 2008

Esa Pequeña Luz Que Brilla Por Dentro

Es al día de hoy que todavía me acuerdo de aquella historia que llegó a mis manos a través de cartón viejo, con remaches de cobre. Lo había robado de la biblioteca de la escuela; nunca supe que fue lo que me llevó a hurtar el libro, pero fue un impulso, impulso que me perturbo varios días, y numerosas noches. Como si brillara por dentro, mis ojos fueron absorbidos por esa luz y la mano, incontrolable, se hacía con el libro entre sus dedos; índice, mayor y anular; luego el pulgar, salteando al meñique. Ni lo miré, lo guardé en la mochila y me fui rápido para mi casa, a unas pocas cuadras de ahí.
Lo saqué del morral, pero esta vez el brillo no se encontraba más; ese pedazo de sol que antes había visto dentro se había extinto. Solo había dos posibilidades, pensé, y ninguna de las dos es del todo lógica. Tenía que haber una tercera; pero el mismo nerviosismo producido por no poder pensar, me impedía relacionar más de dos o tres ideas. Era un círculo vicioso.
“Tal vez la primera página tenga la respuesta.”, y me apresuré a abrir la dura y meticulosa encuadernación que poseía, la misma poseía más de tres sistemas de sujeción. A pesar de ser un chico bastante mañoso, quebrar los sistemas de seguridad me fue bastante complicado; entre el cuero viejo, el metal oxidado y mis manos sudadas cada intento parecía inútil, y cada pequeño logro, era un paso más hacia la locura, hacia la crisis, hacia la deserción. Luego de una ardua lucha, opté por dejarlo ahí, tal vez a la noche lo reintentaría.
La ducha fue un excelente momento para acariciar las ideas, que habían estado muy alteradas durante los últimos minutos, y poder poner las cosas en orden. Había algo que yo estaba seguro: loco, no estaba.
Al salir de la ducha, me di cuenta que mis manos estaban demasiado rugosas, ásperas, y algo despellejadas. No podía entender que pasaba con ese libro. Tal vez era sólo mi imaginación, mi conciencia diciéndome que devuelva el libro robado. Anhelaba que fuera mi conciencia.
Todo me perturbaba; juraría que si por casualidad entraba un pajarito por la ventana lo hubiera matado a zapatazos. Era ese libro maldito; ese libro de muertos, de fantasmas, brujas y vampiros. Descarté esa teoría, aún no lo había leído y supuse que no merecía ser prejuzgado. Inhalé; sentí fluir el aire por mis pulmones, lo dejé salir. Sentí los pulsos nerviosos que iban desde mis ojos hasta mi lóbulo occipital. Sentí la luz, esa estrella, que se encontraba en el libro, brillaba con más fuerza que antes. Era mucho más brillante que los faros de un auto, que un incendio, que el sol; y aún así no me encandilaba. Decidido una vez más, me dirigí al libro; no iba a ser vencido por alguna bruja o algún vampiro lejano.
Esta vez fue bastante fácil abrir las hebillas, hecho que me sorprendió bastante, y en poco tiempo me encontraba frente a la primera página. Descubrí en ese momento, que el libro debía tener varios cientos de años, o al menos eso creí yo. Las hojas estaban amarillas, eran gruesas y los precarios ganchos que agrupaban las hojas y encuadernaban el libro estaban ya desvencijados. Numerosas manchas de humedad, y los cortes mal hechos fueron otro argumento para mi suposición. Pero no fue hasta la segunda página que pegué un salto: El título del libro, escrito a mano y en letra gótica, dictaba las siguientes palabras: “El Último Teúrgo: Las Crónicas de Avatar” Por Bentic, hijo de Mayrius y seguidor de Stratos.
Comencé a leer y al poco tiempo la luz blanca que hacía rato emanaba del texto se fue oscureciendo. La luz era negra, finalmente. Una luz más que negra, era incolora, penetrante e infinita. No era luz, era oscuridad. La oscuridad me impulsaba aún más a continuar leyendo, la incertidumbre, tal vez, era el motor. Yo estaba compenetrado en las vivencias del Avatar, y del mundo que él habitaba, Britannia. Un mundo lleno de guerreros, magos, hechiceros, fantasmas, zombis, brujas y vampiros. Un mundo donde el Avatar era anhelado, era el salvador. Las crónicas pasaron rápido, día tras día leía un pedacito más, un párrafo, una carilla, una página y finalmente un capítulo. Mi mundo estaba enmarcado por papel, mi vida era, en ese momento, parte de Britannia. Finalmente, el drama apaciguaba; la conclusión final estaba llegando, el fin estaba en camino; y a la espera me encontraba yo: avanzaba oración a oración camino al desenlace.
Finalmente, el Avatar triunfo una vez más, y fue ahí cuando las tinieblas que emanaban del libro desaparecieron; nunca más brillaría el libro. El trozo de sol que en él estaba ahora yacía en mí, siempre estuvo en mí.

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