sábado, 4 de julio de 2020

Accidente

Antes que nada, quisiera agradecer la organización por brindarme este espacio para poder contar los acontecimientos, para narrar lo que me pasó, y que ustedes, oyentes, puedan escuchar, entender y, tal vez, aprender. Mi nombre es Joaquín Penna, sufrí un duro accidente automovilístico a los 28 años, y esta es mi historia.

Los autos levantan vuelo, eso es algo que aprendí de mala manera y, si me permiten decirlo, un poco tarde.

Mi padre siempre me dijo que la vida era equivocarse, levantarse, aprender, volverse a equivocar y volver a levantarse. En mi caso, no pude completar el ciclo, no sé bien dónde, si antes de aprender o antes de levantarme. Es un simple momento, un instante, donde te quieren hacer creer que tenés una elección, pero nada más errado, la elección ya la hiciste y ahí sólo queda llenarse de coraje y tratar de sacarla barata.

Hago énfasis en esto. Podría darles detalles sobre cómo venía demasiado entusiasmado, lo imprudente que fui al volante, la lenta reacción de mi cerebro y mis músculos, tal vez propiciados por una mezcla de alcohol y sueño, como el tiempo se detuvo ante mis ojos al verme despegarme del asfalto o cómo lo último que recuerdo del accidente es el olor a plástico y pintura caliente, pero no quiero. No tendrían que adentrarse mucho en los medios de comunicación para conocer todo eso, ya que lo repiten como loros nerviosos a diestra y siniestra, mañana o tarde, escrito o hablado, verdad o mentira.

Lo cierto es que yo tomé una actitud indebida e irresponsable, no fui un ejemplo para mis alumnos, mis familiares o cualquier otra persona. La libertad no es ir a alta velocidad en un auto por la ruta, no es romper la ley, no es perderse en sustancias. Ser libre es poder arrepentirse y aprender. Eso, es algo que también aprendí demasiado tarde.

Es el colmo del docente, tal vez, aprender las cosas tarde; en realidad, eso es lo que hacemos, aprendemos las cosas tarde y tratamos que quien viene después las aprenda menos tarde. Dicen que el estudiante es producto de sus maestros, y debo disentir, no importa cuánta voluntad educativa tengas, no existimos como docentes hasta que nadie aprenda de nosotros.

Es por eso que, y como cierre de este monólogo, les propongo un ejercicio; que cada uno de ustedes cierre los ojos y busque en su corazón aquello que los hace sentirse libres, que es aprender, y recuerden, no con cara ni nombre y apellido a sus docentes. No me refiero a los maestros de primaria o los profesores de secundaria, sino a quienes se volvieron docentes porque ustedes aprendieron de ellos, se van a encontrar con un docente de lectura, un docente de andar en bicicleta, un docente de amar, un docente de compartir, y tantos otros más. Ellos son sus guías a la libertad, síganlos.

Espero que hayan disfrutado y que se lleven un mensaje, una enseñanza, de esta disertación, porque como bien les dije más temprano, mi vocación es la docencia, y es para mi una tortura saber que ustedes, quienes se han reunido aquí por mi, no me pueden escuchar. Pero sí me gustaría que aprendan de mí, de mis errores y de mi silencio. Les pido perdón, les pido clemencia, les pido que no me traigan flores. Muchas gracias.

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