miércoles, 8 de julio de 2020

La Vaina de mi Espada

Tengo los ojos cerrados, mi cuerpo caído sobre el escritorio. En mi mano derecha tengo el capuchón de mi pluma, que desliza grácilmente entre mis dedos. Puedo sentir su forma, como la metálica pestaña para bolsillos surge como una protuberancia, como una joroba, pero no deforme, sino delicada. Diría, tal vez, que me recuerda a la aleta dorsal de un delfín que salta, juguetón y cantarín, delante la proa del Titanic. Yo soy el Titanic ahora y este cetáceo plástico danza delante mío.

Siento la frescura de las aguas árticas en los pelos de mis desnudos brazos, y en esa sensación, que no sé si es cierta o simplemente una invención de mi ser, el capuchón está cálido y me invita a acercármelo, más bien, quiero tirarme a nadar con ese delfín. Sin darme cuenta, acaricio mi antebrazo con el capuchón, puedo sentir su temperatura, pero no la puedo describir. Se siente bien, cálida, pero no sé si es la fricción o el contraste con el frío de mi brazo. Lo aprieto contra mi carne con fuerza, tal vez así pueda sentir mejor.

También puedo sentir su consistencia, se lo siente rígido pero a la vez dúctil, como si sin importar cuánto lo intente no podría romperlo con mis manos, que necesitaría una herramienta que no poseía en ese momento. O tal vez sí, pero no era el momento de averiguarlo. Me gusta sentirlo indestructible, porque es una ligadura a la realidad; mientras ese capuchón existiera yo sería capaz de escribir.

Recostado sobre el respaldo de mi asiento, la mirada perdida hacia delante mío, apuntando vagamente a donde debería estar el monitor de mi computadora. Ya no veo nada, son sólo reflejos borrosos que mi cerebro distorsiona y funde con mi imaginación, con sueños lúcidos diurnos. La hoja en blanco se luce por su blancura, y, como si fuera ese océano que mencionaba antes, el capuchón, mi delfín, nada suavemente delante mio.

Tomo la pluma con mi mano derecha y su capuchón con la zurda, quiero escribir, pero no sé bien qué. Comienzo con la fecha, pero el trazo es invisible; no sale tinta. Reviso el cartucho y se encuentra lleno, maldigo para mis adentros, evidentemente se secó la punta. Seguro fue porque lo dejé destapado mucho tiempo, pienso. Ahí comprendí lo que sentía hace un rato, comprendí lo que representa ese simple y mundano capuchón, representa la diferencia entre escribir o no. Es la vaina de una espada para mantenerla afilada cuando haya que usarla, es la resina que mantiene fresca la madera de un arco que tiene que estar tensa para asegurar la cena, es la heladera que asegura que ese manjar en su interior esté bueno cuando sea necesario, es el guante que protege nuestras manos de las inclemencias del duro trabajo para, luego, acariciar suavemente a un ser amado.

Ahí, delante, frente a un papel en blanco, me dispongo a escribir una oda al capuchón, que se lo merece por ser el héroe sin capa que a nosotros, los escritores, nos protege nuestra más vital herramienta.

Capuchón firme
Sobre la pluma negra,
Protégela tú.

Es gran deber
Cuidar la herramienta
Del gran escritor.

Aunque te olviden
A un lado de la mesa
Volverán por tí.

Como un perro fiel;
Capitán sin medalla;
Héroe sin capa.

A ti, capuchón,
Dedico estos versos
Simples y nimios.

Simples y nimios
Tal cual tu cometido;
Te digo “Gracias”.

Al final, más que una oda me salió un haiku. Las cosas que uno hace cuando no tiene luz.

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