Abro los ojos ante una luz cegadora, me cuesta ver. Las cortinas mal colocadas dejan que el sol estival invada la habitación; ya siento el calor agobiante de otro día soleado. Me yergo con cierta dificultad, aún sin lograr ver bien. Mis piernas se enredan en la sábana cuando intento destaparme, y el movimiento dispara un gemido a mi derecha. Mis manos recorren la cama y encuentran el cuerpo desnuda de una joven muchacha, los pelos enrulados esconden parte de su espalda pero el calor también le ganó y su cola se encuentra descubierta. Mis ojos aún borrosos no distinguen bien, pero el tacto es certero; tiene la sedosa y suave piel propios de la juventud, los senos firmes y hasta aseguraría que puedo sentir su perfume a flores dignas de la realeza, no es mi esposa. Necesito ir a lavarme la cara, tratar de recuperar la visión, alejarme de estos rayos abrasadores y, tal vez ahí, pueda recordar qué pasó.
Giro hacia mi izquierda, donde creo que esta la puerta de ingreso a mi habitación, y al hacerlo termino abrazando involuntariamente a otra muchacha; también es joven, su cabello negro contrasta con el pálido y esbelto cuerpo. Ella me abraza en sus sueños, y me acaricia, sin dudas tampoco es mi esposa. Un movimiento ágil me pone de pie en el piso, donde tengo que esquivar prendas, almohadones, almohadas y hasta una peluca enrulada. Empiezo a afinar la visión sin tanta luz entrando de las ventanas, atravieso el portal con dificultad, tambealándome, y en la sala contigua el panorama es similar. En sillones, futones, divanes y camas hay más de veinte personas, la gran mayoría mujeres, desnudas y durmiendo, como desmayadas, en posiciones absurdas, que más allá de ser claro producto de sexo hasta el desmayo, no son eróticas, son absurdas, cómicas. Se me escapa una carcajada y con eso un eructo; siento el olor a vino y cerveza regurgitada que emanan mis adentros y corro al baño instintivamente. Me miro al espejo, estoy destruído; nunca vi una imagen mía tan deplorable, y eso que estado en situaciones feas, pero mis ojos parecen los de un bulldog y mi cabellera parece un nido de ave. No me reconozco, me falta algo. Me enjuago la cara, hago mis necesidades en el inodoro, y luego vuelvo a la sala principal.
Sobre la mesa principal hay una pipa de agua que trajo Luis, de Arabia, hace unos años en un viaje eterno, y ahí reconozco el olor a flores que sentí más temprano, sonrío; eso explicaría por qué me molesta tanto la luz, también. Alrededor de esta pipa, y en otras mesas, pueden verse vasos, copas y botellas vacías, algunas caídas y rotas. Lo que más hay es vino, aunque se pueden ver algunas espirituosas como cognac, gin londinense, whisky escosés y ginebra holandesa. Todo indica que ha sido una muy buena fiesta, pero ¿por qué? ¿quién va a limpiar todo esto?
Estoy extenuado, quisiera volver a tirarme en la cama. Hago una media vuelta y vuelvo a cruzar el umbral hacia mi habitación, al pasar agarro la peluca que estaba en el piso sin prestarle mucha atención y veo a las chicas que están despertándose, gráciles, hermosas, sensuales. Una pulsión sexual me recorre el cuerpo y alza mi hombría. Me detengo un instante; ¿Qué pensaría mi esposa de todo esto?. Dubitativo me recuesto en la cama entre mis dos amantes, ambas me acarician sensualmente. Me coloco la peluca enrulada blanca en mi cabeza y ahora ya no me falta nada; no sé de qué me preocupo, soy el Rey de Francia.
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