Fue una tarea más difícil que de costumbre, el frío en las manos es una doble complicación; por un lado, se pierde un poco la sensibilidad y la motricidad fina de los dedos, aunque lo peor es cuando el tiriteo mueve ambas manos con vehemencia y descontrol. Encender el fósforo fue el primer desafío, y colocarlo sin que se apague sobre la hornalla mientras con otra mano intentaba sostener la perilla de la cocina le llevó un par de minutos. Susurró, hastiado, que no tendría que haber llenado la pava hasta no tener la hornalla prendida, y en su expresión podía notarse que se arrepentía de su estupidez.
Colocó la pava sobre el fuego y se acercó al zaguán a buscar el diario, el cual estaba en el buzón. Semejante incursión a la zona más hostil de la propiedad, por donde entraba una agresiva ventisca invernal, lo obligó a agilizar el paso de sus pies volviendo a las cálidas caricias del calor de la hornalla. Con ese frío no daban tantas ganas de salir, así que el encierro se pasaba más sereno.
Todavía estaba muy dormido; se le notaba en los párpados pesados, como si en ese pequeño trozo de piel se hubiese encontrado acumulado todo el vino de la noche anterior y, en menor medida, todo el estrés del mes. Poco a poco el cerebro iba acortando distancia con el deambulante cuerpo, de movimientos mecánicos y rutinarios. Se arrodilló junto a la salamandra y colocó dentro los últimos dos leños que tenía debajo. Buscó entre los mismos alguna madera liviana, alguna piña o algún cartón con el que encender el fuego, pero fue en vano. Tuvo que traer los fósforos que había olvidado al lado de la pava, y al levantarse, se le oyó decir, con algo más de intensidad, palabras irrepetibles. Volvió frente a la salamandra, abrió la pesada puerta de fundición, y miró atónito, derrotado, como tres fósforos juntos encendidos no alcanzaban a darle ignición a los pesados leños. Levantó su mano derecha, donde aún tenía firme el diario que no había leído, lo ojeó muy rápido, buscando una excusa para leerlo pero sabiendo que quería quemarlo. No la encontró, y en poco tiempo el azafranado resplandor de la llama encalidecía la sala.
Al pasar, encendió la computadora; era una portátil bastante discreta, no particularmente moderna, pero que cumplía perfectamente su cometido. Además, a él le gustaba el perfil bajo, se sentía más profesional, o así decía. Muchos pensaban que en realidad era una justificación para no aceptar su mezquindad.
El crepitar de los leños en la salamandra se fue haciendo sordo bajo el silbido de la pava que indicaba el hervor. Tomó la pava y buscó la taza en la mesada; obviamente no estaba, nunca la había preparado. Renegó, maldijo al aire, y se puso a preparar su té. Lo colocó en su escritorio junto a un paquete de galletitas de agua mal cerrado, probablemente allí desde el día anterior.
Sentado frente a la computadora, miró hacia el techo como quien intenta descifrar o recordar algo. Tras unos segundos, su mirada se iluminó y volvió a la pantalla. En poco tiempo, de los parlantes, mientras vibraban al compás de Louis Armstrong, comenzaron a sonar ruidos de autos bajo la lluvia. Tomó de la silla a su lado un sombrero fedora gris, lo desempolvó un poco y se lo puso. Sonrió como pocas veces en esta cuarentena; cuando nadie lo veía, disfrutaba sentirse un verdadero detective hollywoodense.
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