Es por medio de la presente que quien les suscribe, Coronel Mayor Leopoldo Horacio Gimenez Ruiz, renuncia formalmente a su rango y cualquier cargo del Ejército de la Patria por desempeño insuficiente durante su última misión. Sin intenciones de plantear excusas o justificaciones por mi fallo militar, pues asumo toda responsabilidad, enumero a continuación, en orden cronológico pero sin orden de importancia, los objetos y recuerdos que me llevo conmigo, y los comparto para que dejen de ser secretos, ya que en mi tumba no han de caber.
- El anillo de mi padre; tal vez el único recuerdo material que me queda de él, me lo dieron para cuidar cuando, a mis 14 años, no me dejaron ingresar a la sala del sanatorio donde él fallecería unos minutos después. Recuerdo abrazarte, hermana, que llorabas desconsoladamente, y recuerdo haberte dicho que yo te iba a cuidar, que iba a ser el hombre de la casa a partir de ese momento, y fui fuerte, como mi ídolo, como papá.
- Mi primer reloj; pero no cualquier reloj, ese desvencijado reloj de acero inoxidable que me regalaste, María, el día de mi primer cumpleaños que pasé a tu lado. Todavía ni éramos novios, pero yo ya estaba perdidamente enamorado tuyo. Fue el primer regalo que me hiciste, y sólo es justo que siga siendo eso, un regalo eterno y una muestra de nuestro amor eterno. No fue mucho antes de verte llorar desconsoladamente al grito de “Sí, quiero!” cuando me arrodillé y te propuse casamiento con un nudo en la garganta que apenas me dejaba hablar.
- Los gemelos en forma de escudo y sable; obsequiados por mi mentor en mi carrera, a quien no puedo nombrar de la vergüenza que me genera haber manchado su fe en mi. Recuerdo lo que me costó contener la emoción aquel día donde los estrené, en la gala de mi recepción como oficial, recuerdo mis ojos vidriosos cuando recibí el abrazo firme tuyo, y el brillo de los gemelos que manché torpemente de salsa de tomate durante la cena posterior, que ahora mancho torpemente con mi sangre y que por siempre estarán manchados con la sangre de mis subordinados caídos.
- El brazalete sanitario de Luciana, mi primer hija; recordarla me trae tanto una felicidad inmensa como una tristeza agobiante, junto con todas las emociones que recorrían secretamente mi cuerpo, desde el día que me enteré del embarazo hasta el día donde tuve que firmar su acta de defunción, pocos meses después de nacer producto de una neumonía.
- El primer diente de Mateo, que tengo en una bolsita de plástico en el bolsillo de mi campera. Parece una tontería, guardar el diente de un hijo, más aún durante tantos años, pero aquellos cinco pesos que dejamos bajo la almohada la primer noche fueron todo para un niño creyente, pero más para un padre extasiado.
- El seguro de una granada; sí, una granada cualquiera, pero ese seguro no es cualquiera. Ese seguro me lo diste, amigo eterno, cuando nos fuimos al norte en campaña, el primer día de acampe en el frente, y me diste esto que habías encontrado tirado en el piso del camión de transporte. “Suerte hermano, esto te dará suerte”, me dijiste, y fueron las últimas palabras que te oí decir. Sin lágrimas te lloré ese día, ese mes, ese año.
- Una medalla de condecoración colgando del pecho de mi uniforme; una medalla insulsa y triste, que intentaba compensar tu ausencia pero sólo hacía más pesada e intolerable la carga.
- En el bolsillo derecho, el pañuelo de mamá, que también fue tuyo, hermana querida, y que quisiste que nadie más que yo lo tenga. ¿Te acordás cómo me costó aceptarlo? Todavía me arrepiento de hacerte llorar ese día, pero lo cargo a mi lado, sin uso.
- Una foto familiar, en el bolsillo opuesto; Mateo recibiéndose del colegio, todo empilchado, sonriendo incómodamente ante la exigencia del inoportuno fotógrafo. Salió al padre, un hombre rudo, que no llora ante nada. Cuanto lo siento, hijo, te pido perdón.
- De éste último recuerdo no poseo un objeto, poseo incontables y a la par ninguno está conmigo a la vista. Los llevo adentro mío, en mi cuerpo, tallados en la piel pero del lado de adentro, porque el cuerpo es sabio y esconde sus debilidades. Podría ser una daga, una bala o simplemente una cicatriz, no lo sé, pero ese dolor en el corazón que me llevo de souvenir por haberles fallado, por no poder pedir perdón, no se irá ni cuando deje de sentir dolor.
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