Entré con prisa al baño, tratando de tocar lo menos posible. Detesto ir a los baños públicos, pero situaciones extremas requieren soluciones extremas. Pasé sin mirar por la zona de los mingitorios, y busqué reparo de mi urgencia; el primer cubículo estaba hediondo y el segundo ocupado, así que me decanté por el tercero y último, rezando que estuviera en buenas condiciones. Sinceramente, mejores condiciones que esas para un baño público no iba a encontrar, hasta tenía papel higiénico. Aguantando el apremio de mis intestinos, tomé una buena tira de papel y me dispuse a colocarlo de manera de cubrir la totalidad de la superficie, cuidadosamente enganchándolo con la tabla, mientras intentaba no tocar nada. Me senté y me entregué. No había más resistencia posible.
— Eu, ¿estás bien?— Escuché una voz a mi lado, casi susurrante.
¿Me hablaba a mí? Tal vez estaba hablando por teléfono con alguien, o simplemente hablaba sólo como los locos. Por ahí, tal vez, en una de esas, me hablaba a mí.
— Vos, el del tercer cubículo, ¿estás bien?— Repitió.
Si, definitivamente me hablaba a mí. ¿Habré hecho mucho ruido? ¿Habrá notado mi sufrimiento? No importaba ya, lo importante era ahora determinar si debía responderle o no.
—Si, si... un mal almuerzo no más— dije tímidamente ante un silencio incómodo que buscaba romper cuanto antes.
—Ah, nos pasa a todos alguna vez, te entiendo. Probá tomando un vaso de agua con limón y una cucharada de miel después de comer, te va a re ayudar— me comentó. Este señor, a quien sólo conocía su voz, me estaba poniendo en un brete; no quería hablar, la estaba pasando bastante mal en el baño como para tener que pensar en qué responderle a un desconocido. —Que maleducado de mi parte, Eduardo me llamo, mucho gusto.— agregó tras unos instantes. Listo, esto ya era personal, me estaba indirectamente preguntando mi nombre y ahora, que lo conocía por nombre, era más difícil de ignorar.
—Miguel me llamo, igualmente.— Respondí sin pensarlo, fue casi como un reflejo parasimpático.
—Un placer Miguel… ¿trabajás acá en el shopping?— me preguntó con tranquilidad, casi como una charla trivial.
—No, no. ¿Vos?— ¿acaso estaba siguiéndole la conversación sin querer?
—Yo si, en la librería Gutiérrez, local 214. Resulta que mi jefe me negrea un poco y los 45 minutos máximos al día para ir al baño que me da los aprovecho aunque no tenga nada que hacer.— Eduardo ya había entrado en confianza conmigo, ya no había vuelta atrás. —Aprovecho ahora a la tarde porque en el local queda Karina, que hasta creo que le molesta que yo esté cerca, y cuando estoy con ella tampoco puedo trabajar mucho, es como que estoy nervioso. Ella se queda leyendo alguno de los libros que saca a crédito de su sueldo, siempre tan intelectual, mascando chicle mientras sus ojos recorren el papel. ¿Podés creer que en tres años laburando ahí no saqué más de 3 libros con ese crédito, y los tres fueron para regalar?— continuó pacientemente con su relato.
—Si.— dije de manera casi autómata. No había prestado atención en absolutamente nada de lo que me decía, estaba justo con una contracción intestinal.
—¿Estás usando el apoya pies?— me preguntó, se ve que me oyó haciendo fuerza.
—¿El qué?
—El apoya pies que está a tu izquierda. Usalo, te levanta las piernas y te endereza el recto. Te re ayuda, creeme.— me dijo sereno. Efectivamente había algo, una estructura de plástico que se asemejaba a un cajón boca abajo con símbolos de huellas en la superficie superior. Lo miré, como dudando, y se vé que dudé demasiado tiempo porque mi vecino de cubículo agregó —tranquilo, lo puse yo, está bastante limpio, nadie lo usa.—
Roté el torso tratando de mantener la cadera inmóvil para tratar de no descalzar o romper la fina capa de papel higiénico que separaba la tabla sucia de mis glúteos. Tomé el apoya pies y lo coloqué delante mío torpemente, con un estruendo que parecía que se hubiera roto todo. Apoyé los pies sobre el armatoste plástico y vi como una de las tiras de papel, partido, se caía a un costado de la tabla
—¡La puta madre!— exclamé en silencio, para mis adentros, o eso creí, porque me respondió.
—Tranquilo, no se rompió. Uso hace años esa misma marca, son de lo mejor. Si no tengo los pies elevados no puedo hacer nada, es como si estuviera bloqueado u obstruido, pero vos sabés que fui al médico y me dijo que no tengo nada raro, que simplemente es natural. Haceme caso, Mike, levantá los pies que te re ayuda.—
—Uh, ya me inventó un seudónimo, demasiada confianza. Espero que no me esté tirando onda, en esta situación vulnerable no puedo pensar en cómo decirle que no soy gay sin que se ofenda.— pensé.
—Estoy enamorado, ¿sabés?— me agregó luego, en su voz se percibía enojo. Entré en pánico, ¿lo que pensé antes lo habré dicho en voz alta?. —No puedo ser tan tarado de no poder decirle que estoy enamorado de ella...— exhalé aliviado y, más tranquilo, seguí escuchando su historia. —pero ella tiene novio, y desde el primer día siento que a ella le desagrado, no me habla, me mira como soberbia, pero alguna vez la encontré mirándome de reojo cuando atiendo algún cliente... ¿vos, Mike, qué decís que haga?—
—Ehmmmmm...— respondí mientras pensaba, la verdad, no le había prestado mucha atención. Si le decía que no me iba a preguntar por qué y la verdad es que tenía ganas de terminar de cagar, no de charlar. Por otro lado, si le decía que si por ahí le cagaba la vida a alguien que ni conocía. —Encarala, mejor que se lo digas y no que te quedes con las ganas— enuncié finalmente.
—Tenés razón, Mike, sos un capo, voy a hacer eso, tengo que dejar de ser el que se esconde en el baño, tengo que decírselo— se lo notaba alegre en sus palabras, decidido, envalentonado. —pero todavía me quedan 15 minutos...— agregó pensativo.
—¡Andate!— le dije violentamente, y lo próximo que escuché fueron ruidos de una descarga de inodoro, unas puertas que abrían y cerraban. No se había lavado las manos siquiera, pero no me importaba nada. Al fin podía cagar en paz.
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