miércoles, 15 de julio de 2020

Milagros Inesperados

Tal vez de las cosas increíbles que me pasaron durante un viaje, y ha habido muchas, debo decir, la más insólita tiene que haber sido durante este último viaje. Para dar cierto contexto, estábamos en España con mi novia pasando unos días de vacaciones y tras alquilar un auto en Madrid emprendimos el roadtrip con destino Portugal. La primera tramo hasta Mérida era bastante para un sólo tirón y decidimos hacer una parada técnica en Oropesa, pues tenía el dato que su Parador, una cadena de hoteles estatales españoles, tenía una vista hermosa y era un gran lugar para comer unos bocadillos, como les llaman allá a los sanguches.

El hotel se podía ver desde la ruta asomándose sobre una colina; se trataba de la principal edificación en una ciudad casi completamente fortificada de la época medieval. La entrada al pueblo pronto se convertía en un camino de piedra que recorría las estrechas y antiguas trazas por donde no cabía más que un auto a la vez. Nos hicimos paso, asistidos por el gps, hasta la entrada de la fortaleza que ahora oficiaba de alojamiento. El gran pórtico de piedra permitía el paso de vehículos, por el que posiblemente haya pasado un inmenso caudal de tropas entrantes y salientes, o eso quise creer en el momento. Una vez dentro, un gran patio donde antiguamente se juntaban comerciantes y compradores, hoy algunos autos yacían estacionados en plena temporada baja turística en el centro de España. El ingreso al hotel era por una escalinata de piedra en tres tramos con escalones amplios y ajados por los años de uso, cuyas paredes se encontraban adornadas con cuadros y posters de diferentes épocas, indicando la antigüedad y aumentando el misticismo de la experiencia. Una vez en el salón, vimos la lista de precios y decidimos que el bocadillo iba a ser en una estación de servicio en el camino, no particularmente medieval, pero no nos podíamos dar ese lujo, así que sólo aprovechamos para ir al baño.

Hasta ahora no hay nada realmente insólito, aunque el paisaje y la experiencia pseudo-medieval era bastante increíble. Mientras mi novia estaba en el baño, yo me asomé a la barandilla de la galería superior a observar un grupo bastante numeroso de personas que entraron al patio interior del castillo. Lo que realmente llamaba la atención era que había media docena en sillas de ruedas, un par de pares usando andador o muletas y dos con vendas oculares y bastones guías. El grupo se encontraba disfrutando de una escapada otoñal y parecían todos de buen humor, lo cual no tiene nada de particular, pero lo que sí tiene de insólito es lo que vino luego. Desde mi ángulo tenía perfecta visión de la comitiva alineada con una pequeña iglesia de piedra ubicada detrás de ellos, que fue testigo junto con mis ojos, que a duras penas pudieron creer, del milagro que aconteció a continuación. Tanta fue mi sorpresa que tuve la necesidad de tomar una instantánea con el celular que tenía en mis manos, aunque luego comprobaría que, en la emoción, fueron más de seis las fotos. Necesitaba registro fotográfico para poder relatarlo, pues sabía que nadie me creería sólo con mis palabras, y lamenté que mi novia no estuviese ahí para presenciar semejante obra de dios, sobre quien yo siempre fui escéptico de su existencia a pesar de ser ella tan devota. Pocas personas pueden jactarse de tener en el carrete de su celular las pruebas inequívocas de un milagro, de la obra del señor, pero yo cuido con recelo el privilegio que se me ha conferido, y no mostraría livianamente mis fotos de cuando vi a un grupo de minusválidos, aunque no me guste esa palabra, levantarse de sus sillas, soltar sus muletas y abandonar sus bastones para, todos juntos y, cual formación de equipo de fútbol, tomarse una foto.

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