viernes, 10 de julio de 2020

Querida Clara

Querida Clara,

Es raro que esté, de madrugada, escribiendo esta carta sentado en la silla donde anoche revoleamos nuestra ropa interior, mientras vos dormís en la cama, completamente desnuda. No te preocupes, doblé todo como a vos te gusta, un último esfuercito, tal vez. Te lo escribo porque como vos siempre me dijiste, me sale mucho mejor que hablar, y además porque no estoy seguro de ser capaz siquiera de decírtelo. Ya no te amo y vos no necesitás decirme que tampoco me amás.

Hace bastante que no te amo, y hace más sospecho que vos no lo hacés, y hoy escribo esto porque estoy convencido de ambas cosas. Probablemente mañana te preguntes qué me terminó de convencer, y no lo sé a ciencia cierta.

Te movés un poco, la tenue luz de la luna casi llena entra por el costado de la cortina y la silueta de tu cuerpo embelesa el paisaje como pocas cosas son capaces. Hace apenas unas horas, tus tetas danzaban armónicamente mientras te penetraba y, si bien nuestros cuerpos se hacía uno, nuestras mentes y almas se encontraban apagadas, sin llama ni brasa, simplemente el recuerdo del fuego nutrido por ese olor a humo. Yo sé que tuvimos chispa y leña, y el fuego de nuestra relación se oxigenaba con cada mañana, tarde o noche de pasión, pero éramos víctimas de la primer brisa.
El otro día te escuché reír como hacía mucho no lo hacías mientras hablabas con Lucas, y una pequeña corriente de celos me recorrió el cuerpo; un reflejo, nada real. Esa misma noche te vi triste, no necesité palabras de tu parte. Te entiendo perfectamente.

Me acuerdo que yo al principio creía que había peleado mucho por tu amor, por tu compañía, por ser tu novio. Hoy lo confirmo, pero con una diferencia, no había peleado contra nadie más que conmigo mismo. Me había puesto en mi cabeza una meta caprichosa y ciega, y en esa carrera contra mí mismo los únicos perjudicados éramos nosotros dos. Sería malicioso seguir lastimándonos, a sabiendas, por, encaprichado, seguir queriendo ser tu pareja.

¿Te acordás cuánto me odiaste cuando te llevé de vacaciones al delta un verano? Si, garchamos todo el tiempo porque no había otra cosa para hacer y eso era algo que nos gustaba a los dos. Siempre tuvimos mucha piel, demasiada; sólo esa química sexual fue capaz de cargarse años de descontento en la pareja. Fuimos a explorar dentro de la isla y te aburriste en el medio y me dijiste que si volvíamos podíamos seguir cogiendo, y yo accedí, porque no la estaba pasando bien si vos la pasabas mal.

¿Te acordás cuando fuimos a Estados Unidos? A ver, en Disney la pasamos genial, no te lo pienso discutir, pero en Nueva York vos me llevabas todos los días a un museo distinto y yo estaba tan embolado que me puse a contar pezones en las obras. Ni hace falta que te recuerde lo que hacíamos todas las noches en el hotel. No digo que estuviese mal, pero no eramos realmente felices, yo quería agarrar un auto e irme a recorrer Vermont con la discografía de Pappo mientras vos probablemente quisieras estar en un antro en un subsuelo escuchando a un negro tocando el saxo o en una iglesia escuchando gospel.

Veo que me estás buscando con las manos y, como no me encontrás, terminás abrazando a una almohada. Siento que a esto nos limitamos, a darnos calor y sacarnos la calentura, pero no estoy triste. Estoy feliz de haberme dado cuenta, aunque tarde, que nuestros caminos no eran los mismos. Nos cruzamos y disfrutamos nuestro encuentro, vaya a uno a saber qué situación fortuita o deliberada nos unió durante estos años, pero si no aceptáramos esto nos haría un gran daño. Imagino nuestro noviazgo como el viaje en bus desde Mendoza a Santiago de Chile, vos te bajás en el Aeropuerto para tomar un avión a Tokio para estudiar la milenaria cultura oriental y yo sigo viaje al norte, a recorrer las américas de mochilero haciendo dedo.

Ahora estamos en la terminal de ómnibus, disfrutamos mucho el viaje pero hacía varios kilómetros que sabíamos que nos íbamos a separar eventualmente, y aunque una parte adentro nuestro no quiera que eso suceda, ambos estamos convencidos que tenemos destinos distintos y distantes.

Mañana, cuando te despiertes vas a leer esta nota antes de encontrarme, y cuando salgas al living me vas a ver a mí, esperándote con un desayuno más que merecido, para que disfrutemos, sonrientes, nuestro último día juntos, y a última hora nos fundamos en un abrazo de despedida cálido y eterno, que llevaremos por siempre con nosotros con la alegría de saber que ese día hicimos feliz a un ser querido separándonos.

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