martes, 7 de julio de 2020

Obituario

Yo, Ernesto Francisco Fleitas, estoy muerto.

Lo anuncio así a todos los amigos y familiares que siempre me fueron cercanos y también a esos un poco lejanos que despido con gran afecto. Es imposible nombrarlos a todos y además temo olvidarme de alguien y no poder perdonármelo nunca.

Lo anuncio así, por este medio y sin un velorio multitudinario, pues quisiera molestar lo menos posible, como ya lo hecho tanto en vida. Tantos momentos en que me soportaron, tantos caprichos que me apañaron, tantos esfuerzos que me acompañaron y tantos deseos que me dedicaron forman hoy los tantos gratos recuerdos que me llevo de todos ustedes.

Lo anuncio yo, para que no sientan el tonto impulso de querer gastar dinero en alquilar unos renglones de algún diario o quieran saldar alguna deuda pendiente o soltar alguna culpa que cargan haciendo un esfuerzo sinsentido; si los aprecié en vida, muerto no podría cambiar dicha estima.

Me detendré un instante en Alicia, Roberta, Orfeo y Patricia, mis nietos, quienes tendrán más tiempo para recordarme y a quienes quise en demasía para compensar sus recientes llegadas a mi vida.

También mencionaré a Santino, Dante, Esmeralda y Olivia, mis hijos, quienes han tenido la peor experiencia de todas, hacerme caso cuando eran chicos y lograr que yo les haga caso cuando fui grande. Y también a Almendra, Gianfranco y Baltazar, mis nueras y yernos quienes han tenido tanto o más mérito en el segundo desafío.

Mis amigos de la infancia, culpables de risas interminables, banquetes descomunales y partidos de fútbol sin igual. Lucas, Martín, Ezequiel, Lautaro, Juan Ignacio y en especial a Federico, cuyo talle 45 llevo todavía tallado en mi pantorrilla izquierda.

No me quiero olvidar de Esteban y Montserrat ni de Kevin y Ludmila, quienes en la paz de la ancianidad hicieron alquimia y supieron convertir la soledad en compañía y la tristeza en alegría.

Por último, pero no última, te menciono a vos, que en mi ruta que es la vida fuiste más de lo que podía pedir. Fuiste mi mejor compañera, porque estuviste ahí para levantarme cuando me sentía mal, para cebarme mate cuando necesitaba concentrarme y para festejar conmigo cada pasito adelante. Fuiste mi guía y mi brújula, porque me marcaste el camino cuando estaba perdido, me buscaste cuando me quedaba atrás y me ibas mostrando el viaje cuando yo sólo estaba atento al destino. Fuiste mi remedio a la locura, con caricias relajantes, tanto físicas como emocionales, en forma de suaves palabras. Fuiste la chef de mis experiencias, poniéndole sal y pimienta a cada uno de mis recuerdos, dándole color a esas fotografías que, si no estuvieras en ellas, serían una simple fotocopia triste. Fuiste, por sobre todas las cosas, el sentido de mi vida, y sería hipócrita que no seas el sentido de este obituario, porque no importa cuantas veces te dije te amo, siento que aún me falta decírtelo mil veces más.

Finalmente, no quisiera irme a mi reposo final con algo más que lindos recuerdos, así que les contaré un secreto que con tanto recelo he guardado estúpidamente en vida, el último secreto que me queda, que yo recuerde. La manera en que me conocieron, y el mero hecho de conocerme, de todos ustedes, deberán agradecérselo a Angelina Jolie que, cuando yo era un niño, vino a verme al orfanato para adoptarme pero terminó eligiendo a mi compañero de habitación.

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