En mi familia había un ritual que ocurría una vez por año, en Navidad. Y más allá del origen cristiano de la festividad, en casa era un ritual mundano. Por empezar, no era en un templo o una iglesia, era en casa de mis abuelos maternos. Además, no sonaban villancicos ni canciones religiosas, pero siempre se podía escuchar “jazz negro”, como lo llamaba mi abuelo, y lo decía totalmente orgulloso, nunca supe bien por qué. A mi me sonaba de todos colores más que negro, si cerraba los ojos podía ver como la música sonaba con los colores del arcoiris, pero nadie veía lo mismo que yo así que dejé de comentarlo. Tampoco teníamos un pesebre ni decoraciones cristianas, aunque el árbol artificial era el más alto de entre mis compañeros del colegio, medía más que papá, que era el más alto entre los papás de mis compañeros de colegio, y estaba decorado desde el piso hasta la punta con cintas de todos colores; el árbol, no papá. Incluso siempre había cajas de regalos vacíos en su base, y cuando llegaban las doce nos dábamos regalos mano en mano, sin envoltorio, a la par que un abrazo. Supongo que por eso no me abalanzaba sobre los falsos regalos bajo los árboles de navidad de los shoppings, cosa que otros chicos sí hacían.
De chico no lo entendía, pero ahora de grande puedo decir que es una costumbre que con gusto adoptaré cuando yo sea papá y en mi casa pueda determinar que se vuelva a celebrar la navidad como corresponde; tal vez sea menos fingido así, no como otras familias que simulan sorpresa y esbozan una falsa sonrisa cuando abren un horrible y genérico envoltorio de tienda y sacan de adentro un desodorante. Me alegra que tenga a mis amigos que me cuenten cómo se viven las navidades en sus familias, y este año voy a pasarlo a lo de Joaquín, ahora que cumplí 12 y mamá dice que puedo dormir en lo de un amigo siempre y cuando hable con sus padres.
Espero poder adaptarme a las costumbres de la familia de Joaquín, porque estoy seguro que son distintas, y si llego a desentonar mucho no me van a volver a invitar. Tengo que tener cuidado, no quisiera volver a tirar el árbol mientras corría a ver los fuegos artificiales a medianoche, al engancharme el tobillo con el cable de unas luces decorativas. Por lo menos en lo de Joaquín no va a estar la tía Jimena, que nunca me cayó bien, para retarme y pegarme por haber roto todo el árbol, ni va a estar papá para decirle, con su voz masculina y firme “No le pegues a mi hijo”. Quién hubiese dicho que mi tía sabía algo que mi papá no, y se lo iba a decir en la cara a los gritos esa noche, mientras los estruendos y los relámpagos de un cielo lleno de fuegos artificiales inundaban la sala, yo seguro que no, y me parece que los otros tampoco, porque cuando le dijo yo no era hijo de mi papá, bueno, todo se descontroló.
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