lunes, 13 de julio de 2020

El Carruaje

Mi reloj marcaba las once de la mañana cuando me desperté transpirado, con la ropa pegada al cuerpo y el pelo empapado sobre la almohada; era una buena noticia, me había bajado la fiebre. Podía escuchar a la distancia, sordo como si viniese desde la calle, la voz de Luli, mi novia, haciendo su rutinaria y eterna home office, una sesión de tarot online. El sonido de mi estómago me trajo alegría, el apetito me indicaba una mejoría de salud, así que, tras un breve ritual de despedazamiento, me levanté.

El baño fue mi primer escala y desagoté una buena cantidad de pis en el inodoro, incluso perdí noción del tiempo que pasé delante del botón de descarga. Levemente abombado me dirigí al lavatorio donde me pude ver al espejo, y no tenía buena pinta; los párpados parecían hechos de carbón y el reflejo de mi sudorosa frente contrastaba aún más. Me pareció, incluso, que uno de mis ojos no estaba siendo capaz de abrirse, aunque me costaba hacer foco del todo.

Una vez en la cocina-living, me preparé con lentitud y cuidado el desayuno, en parte para evitar hacer mucho ruido y molestarla con su sesión, y en parte porque yo estaba con dolor de cabeza. Agua en la pava eléctrica, taza, saquito de té, cuchara, miel y un paquete de obleas, listo. Me acerqué a la única mesa y me senté frente a ella a desayunar tranquilo, aprovechando la lenta cadencia de su voz y su timbre relajante. Mis párpados languidecían y el desayuno no llegaba a darme suficiente energía.

En un momento sentí unas caricias en mi espalda y un beso en mi mejilla; Luli me estaba despertando, al parecer ya había terminado su sesión, no tengo idea de cuanto tiempo me quedé dormido. Me preguntó si estaba mejor, lo que asentí con dificultad, aún perdido, y me dijo que tenía que ir al baño y que ahora volvía.

Levanté la muñeca y las agujas de mi reloj marcaban las 11 y 25, lo cual era una buena noticia, la siesta no había sido larga. Perdí el foco un instante, los párpados estaban pesados, y mi vista se perdió en una carta de tarot que estaba delante mío; el carruaje. Lo que parece un rey o reina se encuentra sobre un colorido y deforme carruaje con dos caballos enanos de color azul que coronan la base del dibujo. Tanto el regente como las bestias miran a su derecha, tal vez un guiño político, ¿o tal vez miraban a mi izquierda? Giré la vista y no vi nada interesante, así que volví a la carta. Tenía los bordes más curvos que los de una baraja normal, además era más alargada, como los nuevos celulares; debajo el nombre, en francés, y en el extremo opuesto ve corta, palito, palito; el siete en números romanos. Un corriente de frío me recorrió la espalda, siete era el número de la mala suerte y la mirada de las bestias me generaba desconfianza, además los colores intensos parecían burlarse de mi situación, porque sus párpados se entrecerraban como imitándome, y casi podía sentir al gobernante mirarme jocosamente desde lo alto de su carruaje y decirme:

—¿Qué mirás?— la voz de Luli me sobresaltó.

—Nada, tenía la mirada perdida.—

No sé nada de tarot, así que no sé qué pueda significar, pero tampoco le voy a preguntar a Luli, no creo mucho y creo que ya tengo fiebre devuelta.

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