sábado, 11 de julio de 2020

Volver al Futuro

Me detuve en el porche de madera, justo antes del marco de la puerta principal que ahora sólo lucía trozos de la pintura original. Habían pasado muchísimos años desde el día en que me fui de esa casa, mi primera casa, y desde ese día que la visité varias veces por semana. Sin embargo, esta vez era distinta. Esa era la última vez que iba a ingresar por esa puerta, y necesité recordar cada instante del recorrido. Cerré un segundo los ojos, tomé aire y entré.

El ingreso a la sala de estar estaba completamente cambiado; ya no quedaba rastro alguno de la gran cantidad de decoraciones que mamá había coleccionado en tantos años de viajes constantes, apenas quedaban algunos muebles, aunque sólo se adivinaban debajo de las mantas y sábanas o embalados para transportarlos. Sabía que iba a suceder, pero no esperaba que fuera tan repentino, ayer a la noche cuando sonó el teléfono de casa antes de la cena me sobresalté; era papá para avisarme que hoy arrancaba la mudanza y que tenía que ir a vaciar mi cuarto. Por lo visto, el plan era dejar la casa vacía ese mismo día, por lo que logré escaparme de la oficina pasado el mediodía y ni siquiera paré a almorzar, pero ya sólo quedaba un recuerdo de la calidez de ese hogar.

Escuché unas palabras en el comedor; me acerqué y ahí estaba mamá guiando a unos musculosos trabajadores como descolgar la araña de bronce, como si se tratara de una ingeniera supervisando milimétricamente una tarea, aunque probablemente ellos ni estuvieran prestándole atención.

    —Hola Tomás, corazón, llegaste; tu hermana se fue hace un par de horas, ya vació todo lo suyo. Andá a fijarte tu cuarto que está hecho un desastre y es la próxima que vacían los chicos.— me dijo sin soltar la mirada en la araña.

A medida que subía las escaleras, el crujir de las maderas bajo mis pies me recordaba a las noches en vela que pasaba mirando películas en el living en volumen muy bajo para no despertar a nadie, y cómo subía tratando de evitar ese rechine para que nadie se entere de mi travesura.

Mi cuarto estaba más desordenado de lo que recuerdo, probablemente porque mamá me había ido juntando acá todas las cosas que estaban mías desperdigadas por la casa, siempre con la esperanza de que alguna vez le trajera nietos. La verdad, hacía mucho que no entraba, siempre me quedaba en la planta baja cuando venía de visita.

Al dar el primer paso sentí que pateé algo; era un rollo de papel amarillento. Al desplegarlo pude encontrar el poster de la película Volver Al Futuro que me habían regalado cuando la vi el día del estreno en el cine Lorca. En el poster se veía a Marty McFly, el joven protagonista con su chaleco inflado de color bermejo, mirando su reloj de pulsera mientras ascendía a su DeLorean DMC-12 convertido en máquina del tiempo y unas llamas flameaban por donde hace unos instantes había pasado el vehículo futurista. Que tonta imagen, pensé, la conocía de memoria; las llamas no coincidían con el ángulo del vehículo, mismo la máquina del tiempo no coincidía con su forma real, y ni hablemos del hecho que el DeLorean ni alcanzaba las 88 millas por hora en la realidad. Estaba a punto de enrollarla nuevamente y guardarla con otros posters cuando noté que abajo a la derecha estaba firmado con marcador, justo debajo de la firma del artista. Con una letra infantil y de trazos torpes que dificultaban su lectura, estaba escrito “Tomi”. Miré a mi alrededor; la habitación estaba bastante más grande de lo que la recordaba, y más ordenada. Yo estaba tirado en el piso de parquet de la habitación con un juego de marcadores y el poster, ahora reluciente, yacía delante mío ya firmado. Me levanté, me puse sobre el piyama una campera sin mangas que estaba en la silla, a pesar de ser verano, agarré un DeLorean matchbox que estaba sobre el escritorio y bajé las escaleras corriendo, haciendo deslizar el autito por la baranda tratando de llegar a 88 millas por hora. Abajo, papá leía el diario en el comedor y mamá lavaba los platos del desayuno. En la mesa había un bowl de avena junto a mi taza preferida, roja como la campera de Marty, llena de chocolatada. Me tomé con velocidad la chocolatada y comí parte de la avena porque vi que mamá me miraba atenta, con cara de enojada. No le gustaba que deje los platos por la mitad, pero tampoco entendía que no me gustaba la avena. Con dificultad comí cuanto pude, y apenas vi que se distraía dejé las cosas y me encaminé velozmente al living para seguir jugando, pero mamá tenía ojos en la espalda y me dijo:
    —Tomás, — cuando se enojaba me llamaba Tomás, eso me daba miedo — tiene que quedar completamente vacío, así que lo quiero todo ordenado en cajas, y apurate que contraté la mudanza hasta las 18.—

Ese poster envejecido y enrollado me cautivaba de la misma forma que lo había hecho cuando yo era un niño, hace más de 30 años, y cumplía ampliamente su cometido, me hacía viajar al pasado.

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